Halloween nos dio la excusa para abrir en Vivir con Intensidad el cajón del miedo. Pero, una vez abierto, creo que merece la pena no cerrarlo demasiado rápido.
Se puede tener miedo a muchas cosas diferentes: a dormir solo, a los perros, a equivocarse, a suspender un examen, a quedarse encerrado en un ascensor, a una tormenta, a un ruido fuerte, a determinados insectos, a hablar delante de otras personas o a algo que para prácticamente todos los que están alrededor resulta completamente inofensivo.
Y ahí empieza buena parte del problema: tendemos a valorar el miedo de otra persona utilizando nuestra propia medida.
Si a mí los perros me encantan, puede costarme entender que alguien se paralice delante de uno. Si las tormentas nunca me preocuparon, quizá me resulte incomprensible que un niño de once años empiece a llorar cuando escucha truenos. Si una hormiga me parece completamente insignificante, puedo pensar que apartarse de ella casi con terror es una exageración.
Pero el miedo no funciona por votación popular.
Que nueve personas consideren inofensivo un estímulo no consigue que la décima deje de sentir miedo.
Yo puedo saber perfectamente que delante tengo un caniche pequeño, tranquilo y bastante más interesado en oler una farola que en hacerme nada. Puedo saber incluso que todo el mundo a mi alrededor está pensando «pero si es monísimo». Ninguna de esas informaciones consigue necesariamente que mi cuerpo responda con la misma tranquilidad.
Y esto me parece fundamental: un miedo no se vuelve pequeño porque desde fuera nos parezca pequeño aquello que lo provoca.
Hay personas que, además, no se quedan en una preocupación ligera. El miedo puede subir muy rápido de intensidad hasta convertirse en bloqueo, sensación de pánico, necesidad de escapar o incapacidad para pensar con claridad. En ese punto resulta bastante optimista creer que una explicación lógica de treinta segundos va a solucionarlo.
«No pasa nada, solo es una tormenta».
Sí. Quizá objetivamente solo sea una tormenta. Pero si el niño está llorando, bloqueado y pidiendo que venga su madre, en ese momento para él está pasando bastante.
Y pedir a mamá o a papá tampoco debería interpretarse automáticamente como un capricho o como una regresión impropia de su edad. Cuando tenemos miedo buscamos seguridad. En la infancia, muchas veces esa seguridad tiene nombre y apellidos.
El problema es que estas situaciones también ocurren delante de otros.
Un niño puede tener once años, estar en sexto de Primaria, escuchar un trueno y necesitar a su madre. Y precisamente porque a buena parte de sus compañeros ese miedo les parece incomprensible, puede convertirse fácilmente en motivo de burlas. Si además la respuesta adulta es «pero hombre, si ya eres mayor», «no pasa nada» o «mira que los demás no están llorando», sin querer podemos añadir algo más al miedo que ya tenía.
La sensación de que, además de tener miedo, está teniendo miedo mal.
Y esa idea sí me preocupa.
Porque de repetir «eso es una tontería» podemos pasar poco a poco a «lo que yo siento son tonterías». De escuchar «nadie más tiene miedo» podemos acabar construyendo «otra vez soy yo el raro». Y de tanto intentar tranquilizar mediante comparaciones podemos terminar reforzando exactamente esa diferencia que queríamos quitarle importancia.
Cuando hablamos de altas capacidades tenemos que ser especialmente cuidadosos con las generalizaciones. Tener AACC no significa necesariamente tener más miedos, ni existe un catálogo de temores propios de las altas capacidades. Pero algunas personas pueden experimentar determinadas emociones, estímulos, anticipaciones o pensamientos con enorme intensidad. Una cabeza capaz de construir muchos escenarios también puede ser bastante eficiente construyendo escenarios que empiezan por «¿y si...?».
¿Y si pasa esto, y si después ocurre aquello, y si no sé qué hacer, y si justo esta vez ocurre algo aunque todo el mundo diga que es improbable?
Desde fuera podemos ver rápidamente que una parte de esos escenarios es poco probable. Desde dentro, cuando el miedo ya tomó el mando, esa estadística sirve bastante menos.
Por eso creo que el primer aprendizaje debería ser también para quienes acompañamos: no necesitamos compartir un miedo para respetarlo.
Puedo saber que el perro no está suponiendo un peligro y respetar que alguien tenga miedo. Puedo saber que la tormenta pasará y entender que un niño necesita sentirse protegido. Puedo considerar que aquello que preocupa es objetivamente poco probable y, al mismo tiempo, reconocer que la emoción que provoca es completamente real.
Eso no significa alimentar el miedo.
Significa empezar por no añadirle vergüenza.
Y quizá esa sea una diferencia bastante importante. 💛