Veo y percibo la vida distinta porque soy muy distinta a la mayoría de la gente. Además de manera literal, la sinestesia me hace ver los números y las letras de colores, dar textura a las emociones y oler los recuerdos. También puedo recordar olores de cuando tenía 3 años o voces y tactos de personas que no veo desde que era pequeña. Soy capaz de volver a sentir las emociones de hace décadas como si las estuviese viviendo en presente cuando cuento un recuerdo, y puedo reproducir con todo lujo de detalle de manera literal una conversación de hace muchos meses. Pero no soy un bicho raro, en mi casa nos pasa a todos.
Tengo la suerte y el reto diarios de pertenecer a una familia con Altas Capacidades. Todo en mi día a día está condicionado para bien y para mal por ellas. Soy una mujer superdotada y mi vida actual, mi pasado y la forma en la que afronto el futuro no se entienden sin la perspectiva de las Altas Capacidades.
Pero hoy no quiero hablar de mí, este 14 de marzo, Día Internacional de las Altas Capacidades, me gustaría poner el foco en ese reto diario que se asume como familia con superdotación.
Un entorno en el que las emociones sobresalen, el sentido de la justicia lo anega todo y la empatía es desbordante 24/7.
Intensidad es la palabra que más repiten los padres de niñas/os con Altas Capacidades y es sin duda la que mejor define a mi pequeña familia de genios. Somos intensos por naturaleza y no queremos ni podemos dejarlo de ser. Tampoco creo que debamos, es justo que nos desarrollemos plenamente con todo nuestro potencial y eso, indudablemente, pasa por aceptar esa intensidad exacerbada.
Si estamos contentos es “el día más feliz de nuestra vida”, pero si ese día se tuerce, puede convertirse en el peor, en un lapso asombrosamente corto de tiempo. Saltamos de la alegría extrema a la tristeza profunda en casi un abrir y cerrar de ojos, pero también podemos hacerlo a la inversa y no por ello que ninguna de las dos emociones deje de ser real, vivida con total profundidad y perfectamente razonada e interiorizada.
Esta capacidad nos permite asumir ciertos cambios vitales más rápido, de un modo más maduro a pesar de la edad y de manera aparentemente más sencilla. Pero ojo, no es una lectura correcta esa forma de verlo, no es que no nos haya llevado esfuerzo ni que no hayamos superado todas las fases que conllevan. Simplemente lo hemos hecho más rápido, hemos podido razonar e interiorizar a nivel cognitivo de un modo muy ágil ciertas realidades complejas y encima con una profundidad emocional mayor. ¡Toma ya!
Nada nos es indiferente. Nunca, bajo ninguna circunstancia. Podemos fingir indiferencia o pasar deliberadamente de algo, pero seguro que esto hará que tengamos una página más en una carpetita siempre abierta llamada “sentimiento de culpa” y tarde o temprano asumamos una responsabilidad que no debamos o que no nos concierne ni nos va a hacer sentir mejor.
Como es consecuente con esa falta de indiferencia y con la necesidad de expresarnos, opinamos de todo y queremos hacerlo con fundamento. Nos gusta informarnos de las cosas, saber qué pasa y por qué, poder tener una visión crítica y posicionarnos. A menudo somos extremos en eso del posicionamiento, pero eso no quiere decir que no podamos cambiar de opinión. Si realmente llegamos a razonar que estamos en el lado equivocado lo hacemos, porque la justicia está siempre por encima de todo y a diario varias veces la invocamos verbalmente, a gritos, entre lágrimas o explicándonos con las maninas en constante movimiento desde muy, muy pequeños.
En mi familia también somos intensos en el número de actividades. No somos culos inquietos, ni hiperactivos, ni personas nerviosas que no se sepan controlar. Tenemos una necesidad motriz diferente. Estar sentados 2 horas seguidas para ver una película (¡una sola actividad!) se nos puede hacer tedioso. Lo normal para nosotros es empezar la peli y a la vez estar haciendo un sudoku, cocinando, recontando cromos y actualizando la lista de los repes, echando una partida al ajedrez o revisando un artículo científico. Y no, no nos distraemos, no dejamos de hacer bien las diferentes tareas ni estamos haciendo las cosas a desgana. Atención plena múltiple se llama. Una de esas cositas que nos hace especiales: Poder hacer varias cosas complejas a la vez y que todas salgan muy bien. ¡Un lujo!
Ah si, se me olvidaba. Seguro que además de todo eso estaríamos hablando. Hablaremos antes, durante y después de la peli y la pararemos varias veces para proponer desvíos argumentales alternativos, para intentar averiguar el final y, por supuesto, en cada fallo de raccord o guion que veamos, porque el buscar erratas siempre es divertidísimo.
La comunicación es un pilar básico y tenemos tantas ideas constantemente atropellándose en la mente, pidiendo por favor ser liberadas que no podemos dejarlas ahí atrapadas y estar calladinos durante mucho rato. Incansablemente en mi casa estamos contándonos cosas, llamándonos para rellenar silencios y hacernos compañía, y buscando juegos que nos ayuden a “silenciar” un poquito esa lavadora que tenemos siempre dando vueltas y que no puede parar (¡que no, que no sabemos poner la mente en blanco ni dejar de pensar para dormir!). Unas palabras encadenadas, un campo semántico, un ahorcado, un cifras y letras, un número secreto, unos anagramas o cualquier otro juego que en absoluto requiere concentración plena por nuestra parte, pueden hacer que un viaje en coche, un momento de vestirse o una corrección de tareas sean menos tediosas. Porque odiamos las tareas repetitivas y tener que rehacer cosas que ya hicimos.
¡Habiendo tanto tan bueno y nuevo por descubrir en el mundo y solo una vida para hacerlo! ¿Qué sentido tiene seguir sumando números de 2 cifras cuando sabemos dividir y multiplicar? ¿Por qué otra reunión en la que nos repiten lo mismo y no aportan nada nuevo? ¿Para qué malgastar el tiempo leyendo un libro que no me gusta?
Nosotros aplicamos la lógica y creemos firmemente en la diversidad de respuestas, en que hay muchos caminos para llegar a un mismo sitio, en que todos y cada uno tenemos unos tiempos diferentes en los procesos de enseñanza-aprendizaje y que los nuestros deben de ser igual de respetados, cuidados y protegidos que los de aquellos/as que se sitúan al otro extremo de la campana de Gauss.
No pataleamos, gritamos e insistimos por buscar ser considerados algo excepcional y superlativo sino por ser considerados en el sentido pleno de la palabra. Comenzando desde la escuela, donde niños y niñas con Altas Capacidades pasan a diario desapercibidos, aburridos en aulas en las que no encuentran ni un elemento motivante, en las que no se aplican los principios de equidad e inclusión que deben regir la Educación en nuestro país tal y como señala nuestra legislación y en las que los responsables de que nada de esto ocurra, no están suficientemente formados (en la mayoría de las ocasiones la formación es nula) sobre qué implica tener estudiantes con Altas Capacidades en sus aulas.
Alzamos la voz pidiendo que se nos tenga en cuenta desde ahí, que en los centros educativos la Alta Capacidad no sea el “bicho raro” de las necesidades educativas, que dejemos de intimidar al profesorado y que nadie más vea en una mente prodigiosa una lucha de poder. No queremos ser “el más listo de la clase”, queremos ser niños y niñas que también disfruten, aprendan, descubran, crezcan, se desarrollen, se motiven y tengan retos que superar en clase. Más allá de la lucha frente a las injusticias o de lidiar con la empatía todo el rato, que ya bastante tarea es.
Hoy, desde la visión adulta de las Altas Capacidades, queremos ser mujeres que puedan desarrollarse plenamente a nivel profesional y personal. Cuyas características sean también tenidas en cuenta en todas las esferas de la vida y a quienes no se nos de por sentado que tenemos las cosas más fáciles porque somos superdotadas y “siempre fuimos muy listas”. No, que tengamos (¡por suerte divina!) una capacidad mayor para afrontar las cosas desde a la madurez, unos tiempos de respuesta más rápidos y una amplitud de mira ante los problemas no los hace menores, no minimiza nuestro esfuerzo para superarlos ni resta valor a nuestras luchas diarias por tener y hacer para quienes nos rodean un día a día más ameno.
Hoy, 14 de marzo, día de las Altas Capacidades, puedo decir con orgullo que tengo la suerte de pertenecer a una familia excepcional, extremadamente capaz y en la que la superdotación nos acompaña como uno más. Nos aceptamos y queremos como somos, tratamos de comprendernos cada día más y aprendemos constantemente de las diferentes herramientas y potencialidades del otro. Aprendemos juntos, cada día, a vivir nuestras neurodivergencias con orgullo, con sentido crítico y buscando el lado bueno de las cosas, gracias a ese particular humor que tan cómplices nos hace a veces.
Y como cada uno se expresa del modo que le es más sencillo, yo he querido escribir todo esto, para dar a conocer un poquito más de cómo somos, defender lo nuestro y animar a quienes compartís un poquito de mundo con nosotros a asomaros a esta forma de verlo. Hay mucho por descubrir, por disfrutar y por compartir aquí. ¿Quién se atreve a verlo desde otra perspectiva? 😉